
CON EDUCACION, PERO SIN PEDIR PERMISO
Por Alberto Asseff.
El mundo
actual está más que inquieto. No sólo está preocupado e inestable. Además se
mueve y mucho. No siempre en buena dirección, aunque no es sencillo categorizar
virtudes y vicios cuando no se trata de asuntos morales, sino tan terrenales
como la búsqueda de poder o de conservarlo.
Existen
un puñado de países que están quebrando la unipolaridad que reinó efímeramente
con la caída del Muro de Berlín en 1989. China, India, Rusia, Brasil encabezan
el lote, pero hay otros, como Turquía, Corea e Irán que pugnan por gravitar e
incidir en la dirección mundial y sentarse a resolver. Saben que para ello hay
que ganar poder.
En
general, hay una nota que une a todos los países emergentes: obran educadamente,
pero no piden permiso para erigirse en actores. No van a la ONU a reclamar su
sitio, sino que lo obtienen en el escenario regional o planetario y luego les va
siendo reconocido, más o menos reticentemente.
China y
Brasil son claros ejemplos de este procedimiento de algún modo dual: buenas
maneras, pero inflexibles para ganar mercados y asegurar sus derechos e
influencias, incluidas las geopolíticas y geoestratégicas. China pocas veces
pierde su sonrisa. Casi nunca es arrogante. Usa la retórica excepcionalmente.
Habla por sus realidades. Sólo muestra sus dientes en la cuestión Taiwán y la 'ayuda'
que EE.UU. le proporciona a la isla.
Brasil
obra igual, salvo cuando le hablan de la 'internacionalización' del Amazonas o
de la IV Flota de EE.UU. en el Atlántico Sur.
Los
países emergentes deben reunir tres factores y hacerlos funcionar al unísono:
ambición nacional, buen comportamiento - o buenos modos - internacional y una
realidad de desarrollo humano y tecnológico-industrial que muestre una creciente
y constante reducción de la pobreza interna y consecuente ensanchamiento de su
clase media. Y deben evitar la retórica demagógica: a más palabrerío, menos
prestigio. Menos seriedad, más caricatura. No incurrir en "mucho ruido, pero
pocas nueces".
De los
mencionados, sólo Irán se sale de la raya porque es evidente que plantea un
desafío con su política nuclear y su exhortación panislámica. El asunto se
complica y mucho porque su islamismo choca con el panarabismo. Para agregar
complejidades, los árabes son sunitas y los persas chiítas.
Llamativamente, los países que irrumpen fueron imperios: chino, ruso, brasileño,
otomano, persa. Algo así como nuestro dicho campestre: "pierden el pelo, pero no
las mañas" Tienen el ADN de la voluntad de poder. Aquí traigo algo que creo dijo
Clemenceau cuando en nombre de Francia nos visitó en el Centenario y se
deslumbró con Buenos Aires, tan parisina en su parte más visible: "Buenos Aires
es la capital del imperio que no fue". ¿Eso nos inhabilita para intentar ser uno
de los emergentes regionales y planetarios? No, pero evidencia que nos embarga
alguna dificultad genética que deberemos esmerarnos en sortear.
En vuelo
veloz hay que decir que China está desplegando una estrategia para consolidar su
influencia en el Asia, en toda ella. Ferrocarriles y autopistas se trazan hacia
las fronteras y buscan enlazar el tráfico de mercancías y gentes con la India,
Nepal, Myanmar (Birmania),Vietnam, Afganistán - es el primer inversor allí -,
los países ex soviéticos y hasta llegar a Frankfurt y a Londres. Día a día
avanza en su reconciliación con Japón y mejora sus lazos con la India. Tiene una
política audaz en África e incursiona en nuestra América. Se esmera por exhibir
un rostro de paz y comercio.
Rusia
mantiene su influjo en toda el área ex soviética, con algunos claroscuros. Posee
lo que se llama dos fachadas, bifrontalidad, la europea y la asiática. Ello le
otorga un poderío geopolítico natural: es una enorme visagra entre dos mundos,
con proyecciones hacia esa zona crucial del Cercano y Medio Oriente. Rusia y
Europa forman una inescindible ecuación.
Turquía
revive su potencia a horcajadas de su situación geográfica clave - desde
Constantinopla -, su combinación de Estado laico con profundas tradiciones
religiosas, con un pie en la OTAN y Europa y otro en el vasto islamismo que
bordea toda Rusia - en varios pueblos de ese área, con un génesis turco,
inclusive en la lengua -, penetra en el mencionado Medio Oriente y la península
arábiga y se extiende por el Mediterráneo sur y llega hasta el corazón del
África, la negra y profunda. Su neootomanismo está en vías de reconciliación con
Armenia - harto difícil, pero inexorable para ambos pueblos - y con Grecia, con
el granulón de Chipre interfiriendo. No oscila entre Occidente y Oriente, sino
que aspira a ser ensamble. La síntesis es religión más democracia. Cristovam
Buarque, en EL PAIS de Madrid, acaba de escribir sobre Brasil y Turquía y es él
quien destaca que ambos están entrando al gran comedor donde se reúne el poder
sin pedir permiso. Yo sostengo que es cierto, pero que lo hacen con la suavidad
propia de la educación y también de la habilidad. Porque el poder se gana con
destreza.
Brasil
logró en este último medio siglo una formidable transformación. Aquella promesa
de Juscelino Kubitschek cuando asumió en 1956, de darle al Brasil "50 años de
progreso en 5 de presidencia" se plasmó. Primero interiorizó el desarrollo,
abandonando definitivamente ese Brasil costero y periférico para integrarlo
hasta sus lejanos confines. E impulsó el proceso de industrialización y de
avance tecnológico. Con esos poderíos como carta de presentación, Cardoso y Lula
han extendido Brasil a Sudamérica. Ya lo había anticipado Río Branco - "yo hice
las fronteras del Brasil - ¡vaya si las hizo bien para ellos...!-; los
brasileños harán las de Sudamérica".
Ese
arranque del Brasil moderno, en 1956, contrasta con nosotros. Ese año estábamos
totalmente trabados en el dilema peronismo-antiperonismo, aunque hay que
reconocer que Frondizi buscó superar ese funesto anclaje planteando el
desarrollo. Lamentablemente, fracasó políticamente. Pudieron más la falta de
patriotismo y las rencillas domésticas que un proyecto común. Sesenta años
después seguimos anhelando esa mancomunión programática.
La India
tiene contraste inmensos, pero hay una realidad innegable: desde Nehru viene
industrializándose y ahora extiende sus clases medias. Esta marea va bañando
benéficamente a la vastedad hindú. Llegará el día no lejano de que el país
cobrará un relieve mundial. Me acuerdo del enclave portugués de Goa: los
herederos del emblema de la no violencia, Gandhi, no hesitaron en
reincorporarlo manu militari y las grandes potencias miraron para otro lado. Una
tía diría que "algunos tienen la suerte que a nosotros nos falta...". Sin
embargo, no se trata de fortuna, sino de oportunidad, poder y astucia.
La
Argentina no puede rezagarse un tranco más. Su sociedad con el Brasil es
prioridad estratégica absoluta. Tenemos que forjar juntos el poder sudamericano.
Ello implica algunas proclamaciones verbales pero muchísimas realizaciones
visibles y tangibles. Jamás existirá tal poder si no hay conexiones físicas que
nos integren y si no establecemos las sinergias en todos los campos y áreas.
Juntos podríamos desmantelar la carrera armamentística para erigir la Defensa
Sudamericana, bien pertrechada y mejor preparada.
Eso sí,
no podemos errar el objetivo, ni siquiera conceptualmente. Al economista que nos
recomienda "ser el Canadá del Brasil", en alusión al rol de ese país respecto de
EE.UU. yo estimo que hay que corregirlo: debemos ser la Argentina, la que no
terminamos de construir, pero que nos sigue esperando, con infinita paciencia.
Por ahora...
Ya
erramos bastante queriendo ser Europa, después EE.UU. y finalmente conformarnos
con imitar a Australia o Canadá. Pareciera en llegada la hora de intentar ser
la Argentina.
*Dirigente del PNC UNIR
Unión para la Integración y el Resurgimiento
pncunir@yahoo.com.ar
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