LA GEOMETRÍA DEL MUNDO QUE VIENE
Por Alberto Asseff*
Tenemos novedades en el mundo. Existe movimiento. Es interesante un pantallazo.
Prescindiendo del fenomenal refresco espiritual y la intensidad del cambio que entrevemos con el papa Francisco, debemos detenernos en los pedestres asuntos terrenales.
China tiene nuevo presidente, Xi Jimping. Dijo algo esencial: o le torcemos el brazo a la corrupción o se nos volatiliza el esfuerzo para ser los primeros del planeta. Centró en ese eje esencial los pasos hacia el porvenir. Hizo lo correcto. A Europa – especialmente a nuestras queridas España e Italia – la corrupción le horadó el futuro, comprometiéndolo hasta el punto histórico – todo un hito – de que el orbe va abandonando el eurocentrismo.
Xi realizó su primera visita a Moscú, toda una señal, pero aún más significativo es que de inmediato viajó a África para aventar los reproches de neocolonialismo que Pekín sufre allí. Para China los recursos africanos son vitales, sobre todo planificando a largo plazo como lo hacen todos los países serios.
China está forjando una alianza conmocionante del mundo tal como lo vivimos y conocemos: se está coaligando con Rusia y la India, relegando por ahora a Japón a un incómodo rol de observador. El cuadro se completa con Sudáfrica – para hacer buen pie en ese continente decisivo – y Brasil, pensando en este Nuevo Mundo al que pertenecemos – sigue siéndolo a pesar de que pasan las centurias.
El proyecto de institucionalizar un gran Banco de los Brics es un paso gigantesco en la construcción del mundo que viene. Es parte fundamental de la geometría que ya se esboza.
La alianza nordatlántica de EE.UU. y Canadá con Europa relativiza su poderío, a la par que decae el papel de Japón, con su economía prácticamente estancada.
Quizás, la gran innovación sea la imagen de ‘poder blando’ que dan los Brics. Son igualmente tan duros y nacionalistas como sus predecesores en la hegemonía planetaria, pero ellos todo lo hacen con una sonrisa y buenos modos, sin mostrar las garras. Nunca lo hacen, salvo los rusos y los chinos que cada tanto ponen cara de enfado, como para recordarle a algún distraído que no están tratando con cualquiera.
Por eso China inunda África con becas e intercambios culturales y tibiamente comienza a desplegar esas bondades en nuestra América.
Brasil ya lo conocemos. Construyó sus colosales fronteras casi sin guerrear. Sólo con nosotros, que paradojalmente triunfamos, pero perdimos en la mesa donde nuestros hermanos son magistrales, la de la negociación ¡Qué arte es ese de la negociación! Se puede conseguir casi todo sin que sea menester ni siquiera poner fruncir el ceño.
A nosotros nos queda el Grupo de los 20 – G-20. No es poco, pero no parece que lo aprovechemos debida e integralmente. En el G-20 hay que ser, para dignificar la membresía – muy prolijo en materia de estadísticas, división de poderes, seguridad jurídica para todos incluyendo las inversiones, ser buenos pagadores. En fin, se deben ostentar y sobre todo poseer ciertos atributos que nosotros, nefandamente, carecemos. En ese contexto, ¿cómo ejercer influencia en un G-20 donde nosotros somos dispares en vez de pares? Me duele sobremanera consignarlo porque de verdad mi sentido patriótico me impele a defender esa pertenencia. Por eso, es urgente enmendarnos para fortalecer nuestro protagonismo regional y mundial.
A horcajadas de la noble causa de Malvinas, nuestra diplomacia está movediza. Es bueno que así sea. Es alentador que UNASUR, CELAC y otras asociaciones de nuestra Región se unifiquen en aras del objetivo de terminar con el colonialismo en el Atlántico Sur. Debemos desplegar esta alianza para que abarque al intercambio, a los proyectos de infraestructura que nos integren, al mejoramiento de la transparencia y funcionalidad institucionales, la cultura del trabajo – reñida con el clientelismo -, tener más éxito en la puja por las patentes producto de la investigación y cien aspectos más, incluyendo que debe ser cada vez más operativo el Consejo de Defensa Sudamericano e incluir a Sudáfrica.
Debemos con celeridad ingresar a la Alianza del Pacífico junto a Chile, Perú, Colombia y México, al principio presumiblemente como observadores.
En Semana Santa, los carabineros chilenos demoraban la salida de sus compatriotas por el túnel del Cristo Redentor y en contraste facilitaban el ingreso de los argentinos. Querían nuestros dólares y evitar que salgan los de ellos. Estas pequeñeces muestran cuán lejos estamos de la América integrada que busca su proyecto en el mundo.
El poder ya no es el que era ¿Cómo será? Su geometría está edificándose. En un planeta mutante, las perspectivas argentinas – por sus condiciones favorables objetivas – son inenarrables. Pero lo que sí es narrable es que si no corregimos nuestros comportamientos contraindicados, es decir, desechar la cultura del trabajo, espantar a los capitales, estatizar todo lo que se nos presente, clientelizar el voto, azuzar la división y el rencor, generar incertidumbres por doquier, incluyendo la jurídica, burocratizar todo lo que se nos cruce, asistir impávidos ante el incremento del delito – incluido el de ‘guante blanco’-, de la droga, de la violencia social, de la inseguridad vial, tenemos más que hipotecado nuestro porvenir. En cualquier momento lo ejecutan en un tribunal neoyorquino…
Nuestra robustez como Nación, para aprovechar la geometría del mundo que viene, se asienta en restaurar valores, trabajar fuerte, respetar las reglas y poner a la familia en el trono nacional.
*Diputado nacional por UNIR
Diputado Asseff: "LOS CAMBIOS QUE LLEGAN CON FRANCISCO"
Nota de opinión por Alberto Asseff*
Todos sabemos quién y cómo es el cardenal Jorge Bergoglio. Tan agudo e inteligente como austero y frugal. Sapiente y con convicciones. La preferencia por los pobres – la opción retórica de la Iglesia que muchos como Bergoglio quieren que sea absolutamente tangible – lo llevó a las villas de emergencia, no para salir en una fotografía, sino realmente para decirles a los necesitados que la Iglesia se alinea con sus sufrimientos y se empeña en sacarlos de la marginalidad, comenzando por la moral. Porque está claro y es definitivo: la primera miseria, la que abre las compuertas a la otra, la material, es la degradación moral.
Empero, lo que nos falta conocer es cómo gravitará el Papa Francisco tanto en las reformas que reclama la Iglesia como en los cambios que requiere el mundo, comenzando por nuestra región latinoamericana y más precisamente nuestra patria.
Bergoglio fue elegido por el Colegio Cardenalicio por sus dotes de firme alineamiento con la sencillez, su agudeza para interpretar el tiempo que se vive y porque está habilitado como pocos para librar la batalla en el valle por el destino de los pueblos.
Es notorio que la Iglesia – sobre todo la del Nuevo Mundo, este al que pertenecemos – está perdiendo fieles. El pesimismo que denostó el Papa es uno de los factores. Los otros son la vanidad del poder – a la que sectores eclesiales no son ajenos -, la corrupción en las altas esferas político-sociales – que también se filtró en el Vaticano – y el populismo, ese enemigo embozado que tiene la causa popular.
La humildad del Papa no es sólo gestual, sino que responde a modo de ser. Es la antivanidad y es la forma de expresar la genuina opción por los pobres a partir de la verdad. Porque no se puede redimir a los necesitados desde la mentira o la hipocresía.
La pacificación de los espíritus – que siguen crispados, sobre todo por muchos líderes engañosos que montan su poder terrenal sobre la base de la confrontación, la división de clases y el resentimiento social – es otra peculiaridad del Papa, de sus objetivos a lograr desde el sillón de San Pedro. Bergoglio anticipó lo que será Francisco: un mensaje dulce, de palabra fácil y clara, pero llena de sustancia. Con menos elipsis o lenguaje críptico, pero no por ello con menos sabiduría y raíces doctrinales.
En este tema de lo sustantivo, Francisco ya nos ha brindado algunos datos: no quiere a los prelados en el monte y a los fieles, cual rebaño, lejos, en el valle. Pide a eclesiásticos y feligreses que juntos laboren la vida en la Fe, es decir cumpliendo los mandamientos, único modo de redimirnos, de convivir y de crecer moral y materialmente. Ha dicho que los pueblos están cansados de ser gobernados por egoístas y que la Iglesia no debe ser ni una ONG de caridad ni reguladora de la Fe, sino su transmisora. Marcó así, que él aspira a ir al fondo de los problemas de este mundo. No se cobija en las formalidades y apariencias. Esta es una de las claves de Francisco. Y sin manifestarlo, busca una limpieza de la Iglesia. Tanto en la corrupción del dinero como de las conductas, sin ocultar la pedofilia que estraga la credibilidad.
La Iglesia es sapiente. Ello incluye que conoce la geopolítica. El mundo eurocéntrico ya no existe y por esto la curia romana debía dar un mensaje cristalino. La elección del Arzobispo de Buenos Aires como el nuevo Papa contiene ese recado. No actúa de apuro para dar la impresión de que entiende el cambio. Primero lo reflexiona y luego lo encara, con un plan y con exquisita aptitud para ir reubicándose. Algunas veces puede retrasarse, pero siempre ha podido recuperarse y colocarse en el ritmo del presente. La Iglesia tiene sensores sociales pretecnológicos, pero aun más eficaces que los de la era tecnotrónica que vivimos. Eso le permite captar velozmente las mutaciones del mundo.
Otro dato relevante es que los 12 cardenales norteamericanos hayan sido militantemente favorables a la entronización de Francisco. Quizás, ‘Los Caballeros de Colón’ – organizados para preservar los valores cristianos, con influencia irlandesa – hayan visto en la corrupción y el populismo a dos enemigos no sólo de la Fe, sino de la paz en el mundo. Un exultante cardenal Timothy Dolan – arzobispo de Nueva York – lo dijo con un vocablo simple: “esto es un hito para la Iglesia”.
Francisco no adviene al trono romano para segar los procesos populares de la América Latina – ni de ninguna parte del planeta -, sino para truncar las falsificaciones. El populismo – corrupto, clientelar, sembrador de pobreza, sometedor del pueblo al peor servilismo, ese que se plasma mientras está bailando creyendo que es feliz, el que distribuye pan para hoy y hambre para mañana – es el que va a ser derrotado y en su lugar se emplazará el movimiento popular. No es profecía, sino análisis.
En el Nuevo mundo – el nuestro – en los últimos 40 años el catolicismo perdió un cuarto de sus fieles. Como escribió Vittorio Messori en Corriere della Sera, ese drenaje nutrió al sectarismo financiado por fuertes capitales norteños que desde hace más de dos siglos pretenden terminar con la que llaman “superstición papista”. Esa tendencia corrosiva debe revertirse. Una inmensa misión para Francisco y para todos.
El dilema no es si en la misa se canta, incluyendo alguna guitarra que desplaza al órgano, o sólo se reza con recogimiento. La opción es otra: ser auténticos en la Fe o hipócritas. Francisco significa por sobre todo autenticidad. Se pueden conservar las tradiciones y ser reformista en serio. Optar por los pobres no puede consistir en el espejismo populista, en ese formidable engaño de hacerles creer que mejoran cuando en verdad se los está hundiendo en la droga, la promiscuidad, la destrucción de la familia, el hedonismo, los disvalores.
La impronta de Francisco es devolver frescura a la Iglesia, ‘caminar con el pueblo’, rechazar el pecado de la vanidad del poder, resolver las formidables cuestiones sociales que nos embargan, limpiar la curia. Es una faena fenomenal.
Cuando observé a Francisco saludando a John Ton Hon, arzobispo de Hong Kong, pensé que la Iglesia, sabia, alguna vez tendrá un Papa chino. Por ahora lo tenemos sudamericano y para colmarnos de alborozo, argentino ¡Ojalá pueda plasmar la mitad de lo que se propone! Sería doblemente histórico, por provenir desde estos confines y por haber logrado esas anheladas transformaciones.
De las calumnias que intentan macular a Francisco sólo hago mías las palabras, de estos días, del teólogo de la Liberación – que Bergoglio combatió abiertamente, a mi parecer acertadamente, porque una cosa es reformar y otra revolucionar, cuestión sobre la que deberíamos discernir en otra ocasión– Francisco Jalics: -“Celebramos juntos una misa y nos volvimos a abrazar (con Bergoglio) solemnemente. Auguro al Papa Francisco la bendición de Dios para su oficio”.
Debemos vivir la elevación de Bergoglio a Papa con humildad. Nada de esa altanería de que “ahora no sólo Dios es argentino, también el Papa”. Ese alarde debe avergonzarnos. Los pueblos grandes no alardean. Simplemente tienen convicciones y mucha fortaleza.
*Diputado nacional por UNIR, provincia de Buenos Aires
www.unirargentina.com.ar
HUGO CHÁVEZ, EL NOMBRE DE OTRA OPORTUNIDAD PERDIDA
Por Alberto Asseff*
Con respeto frente al ser humano fallecido, debo decir que Hugo Chávez es el nombre de una oportunidad perdida. De
otra más en nuestra América. Y van…
El populismo no tiene arreglo. Es así y nadie lo podrá ni cambiar ni mejorar. Es resueltamente un formidable engaño por
no decir literalmente un fraude. Mientras sentido o vocación popular implica y significa trabajar para que el pueblo se eleve moral y materialmente, populismo es un sistémico modo de seguir manteniéndolo donde está – marginado, excluido, empobrecido, deseducado, desentrenado para los desafíos del trabajo – o, peor, hundiéndolo aún más, todo en nombre de un falaz distribucionismo combinado con una red arcaica de asistencialismo. Nunca tan cierto ese refrán de “pan para hoy, hambre para mañana”.
Detectar cuándo una política es popular y cuándo es populista es un ejercicio sencillo: si se van generando puestos de trabajo en cada vez mayor cantidad y provenientes de la actividad e iniciativa privadas nos hallamos ante un gobierno popular. Si, en contraste, el gran empleador es el Estado – sea nacional, provinciales o municipales, con sus alambicados e infinitos organismos -, estamos ineluctablemente ante el populismo en acción.
Un empleo privado libera al trabajador de toda subordinación psicológica. Es un escudo antipresiones o antiextorsiones punteriles. Un trabajador en esas condiciones es un votante desatado para expresar su voluntad política genuinamente. Un puesto público – o una “cooperativa” engendrada por el Ministerio de Desarrollo Social o un “asistido” – es sinónimo de cercenamiento de la capacidad política. Es un ciudadano maniatado. Está vinculado al sistema imperante, sobre todo porque los operadores del oficialismo – todos rentados por las arcas públicas, obviamente, ya que nadie a estas alturas puede pensar que existen esos nobles ciudadanos que se llaman ‘militantes’- se encargan, desembozadamente, de avisar que “si pierde el gobierno, se evaporan los planes y el “trabajo” dependiente del Estado”.
Me parece que la diferencia nítida, el deslinde, lo expresa la cultura del trabajo: si el gobierno la propicia como estrategia, nos encontramos con una dirección popular. Si se desinteresa de ella, estamos frente al monstruo disfrazado que se llama populismo.
Ciertamente, en Venezuela existió durante 190 años una clase social sumergida en los túneles oscuros de la más mayúscula marginación. Una injusticia tan flagrante como irritante. Chávez, a no dudarlo, dedicó empeños y dineros para arrancarla de esa condición indigna. Y lo obtuvo, en alta medida, pero a un costo fenomenal: desequilibró la economía, de modo que hoy Venezuela tiene trabados los caminos, salvo que produzca un dolorosísimo ajuste que, claramente, perjudicará a los pobres hasta ahora beneficiados. Luego del pan, vuelve el hambre. Así acaece con la falsificación populista.
¿Por qué la distribución benéfica para los necesitados afectó el funcionamiento de la economía? El motivo es el populismo, ese enemigo con cara de bueno. Si ese proceso de justicia social no va acompañado por otro de diversificación de la estructura económica a horcajadas de mucha inversión privada – del ahorro interno y también del externo -, la sustentabilidad del distribucionismo sin más creación de trabajo se agota. Así, antes de morir el presidente, el chavismo debió devaluar su moneda en un 46% y hoy Miami es más venezolana que cubana. Allí, en la más latinoamericana ciudad de EE.UU., se vuelcan los ahorros venezolanos, como los de casi toda nuestra América. Lastimosísimo.
Una devaluación tipo shock no es la causa, sino el cruel síntoma de que las bases económicas están distorsionadas ¿Cómo explicarse que con bonísimos precios del petróleo – como podríamos decir de la soja – se produzca esta situación de cuasi derrumbe? La cuestión es simple: si no se apuesta todo al trabajo libre y, en cambio, rige el famoso “exprópiese” – como Chávez formuló por televisión en una ocasión memorable por lo farsesca, ridícula y ruinosa -, los capitales se espantan y el único inversor pasa a ser el Estado que por más carisma y magia que ostente el líder, llega inexorablemente a un punto de agote. Las arcas estatales no se multiplican al son de la demagogia política. Suelen quedar exhaustas antes de que el líder enmudezca. Así emergen los ominosos déficits que preludian tormentosos días no sólo para la economía, sino para la sociedad, primordialmente para los pobres, ese estamento presuntamente privilegiado por el populismo imperante.
Malo es un gobierno débil, tanto como un gobierno fuerte. Los dos pierden el control. El débil primero, claro está. El fuerte, a la larga, de controlarlo todo deviene en un cuadro donde todo cruje y se resquebraja. El gobierno ideal es el que se asienta en el equilibrio. No estatiza, pero vigila con experticia. No se entromete, pero mete mano cuando detecta una deformación. Donde hay un monopolio, genera las condiciones para que surja la competencia, esa señora magnífica que suele ser mejor controladora que los inspectores oficiales.
Recuerdo la inhumación de un grande verdad, el nacionalista francés Charles de Gaulle. Nacionalista que impulsó la economía de Francia con apertura y con la integración de Europa. Fue en 1970 en Colombey-les-Deux-Églises, con la modestia de la grandeza. Las oleadas de gente en Caracas son emocionantes, pero ¿sacarán adelante a Venezuela? Si sostienen a un gobierno que reequilibre la sociedad – terminando con la fractura del odio interno – y a la economía – atrayendo los capitales en lugar de impulsarlos a la fuga – seguramente la querida Venezuela tendrá buen horizonte. Por ahora, Chávez es el nombre de una oportunidad perdida: su legado es la ruina socio-económica, todo minado por la feroz división de clases y por la sombría perspectiva de la economía de monocultivo que fragiliza al país, en el marco de un gasto público exorbitado e insustentable.
Necesitamos más sensibilidad popular y menos populismo falaz. Sería el colofón que sintetiza estas reflexiones.
*Diputado nacional por UNIR
www.pnc-unir.org.ar
www.unirargentina.como.ar
ES MORAL Y ES POLÍTICO (EL PROBLEMA)
Por Alberto Asseff *
El vuelo es gallináceo;
por eso nos llevamos
puestos todos los alambrados
Creo que todos coincidimos en dos cuestiones: que tenemos un gran problema nacional y que su raíz es política. Llama la atención, pues, que compartiendo el diagnóstico y siendo conscientes de cuál es la terapéutica básica, no acertemos a darle tratamiento a la Argentina enferma.
Generalmente, el tramo más complejo de una patología se halla en diagnosticarla correctamente. Hecho un pertinente encuadre, la curación resulta relativamente más sencilla.
Sin embargo, hace décadas que sabemos – y lo expresamos – que nuestro problema es político y que su origen es moral. El decaimiento de los valores comenzó hace añares. Una vez que empezó esa decadencia se tornó irrefrenable y, peor, se retroalimentó de modo que su profundización creció geométricamente.
¿Qué pasa que no podemos darle solución moral y política al problema moral y político que sufrimos? Sucede que está gravísimamente enfermo el productor de anticuerpos, es decir la política. A un problema político le cabe una solución desde la política, pero hete aquí que la política es el problema. Una encerrona perfecta, peor que un intrincado laberinto. De éste es posible zafar, pero ¿cómo salir de un encierro?
El 8N, por caso, multitudes se autoconvocaron y manifestaron por todo el país. Expresaron una vasta insatisfacción, fuerte indignación y larga protesta. No obstante, erraron en lo esencial: exteriorizaron su repugnancia por todo lo que tenga olor o sabor a política. No impugnaron sólo a la política propia del gobierno de turno, sino a toda la política ¿Cómo, entonces, se puede encauzar, estructurar, darle forma al cambio reclamado?
A la mala política sólo la puede sustituir la buena política. Los argentinos tenemos dolorosísima experiencia del redondo fracaso de los intentos de suprimir la política como consecuencia de la tacha que merecía a la sazón su podredumbre y/o su ineficacia. Cuando el probo y buen administrador presidente Arturo Illia cayó el 28 de junio de 1966 el país entero – o prácticamente – saludó al dictador que lo habría de suceder. Prometía modernizar estructuras y terminar con la mala y vieja política ¿Qué es lo primero que hizo el flamante mandamás? Abolir la política, llegando hasta confiscar los bienes de los partidos disueltos. Y explícitamente lanzó la consigna de los tres tiempos: primero, el tiempo económico; luego el social y, al último, el político. Nunca se produjo un error más fenomenal. Creo que en el mundo entero no existió un yerro de esa dimensión. Si habíamos caído en la frustración producto de la “mala y vieja política”, lo prioritario era construir la buena y nueva política. De entrada, nomás.
Porque el riesgo de postergar la labor de reconstruir la política radicaba en que cuando se dispusiese acometer esa misión, las condiciones la tornarían imposible. Así fue. Antes que llegase “el tiempo político” advinieron el “Cordobazo” y los gérmenes del terrorismo subversivo. El 8 de junio de 1970, el inicialmente gran jeque cayó en la absoluta orfandad. El efecto fue devastador: la ‘mala y vieja política’, que diera lugar al golpe de Estado de 1966, resurgió – empeorada – como si nada hubiese acaecido. El malogro nos retrotrajo. Por eso, apenas un lustro después – en 1976 – otro golpe arribó, también – es inocultable – en un manto de expectativas favorables ¿Qué medidas ‘revolucionarias’ adoptó de arranque el elenco golpista? Disolver a los partidos y “guardar las urnas”, suprimiendo la actividad política. Siete años después, en el marco de las derrotas moral (se combatió al terrorismo con métodos ilegales), sociocultural (los valores morales agudizaron su declinación),económica ( la “tablita” fue letal, junto con el exponencial aumento de la deuda externa ), política (no se erigió la nueva y buena política, limitándose a congelar a la mala y vieja ) y militar (en Malvinas y Atlántico Sur, porque nuestra rendición no sólo nos hizo perder temporariamente las islas irredentas, sino también los otros archipiélagos y los espacios marítimos aledaños), “los reorganizadores” se tuvieron que ir sustituidos por la ‘mala y vieja política” descongelada. Retrotracción, otra vuelta de tuerca decadente.
Nos acercamos a los treinta años de democracia. El balance, muy provisorio y para nada taxativo, indica que tenemos un millón de “ni-ni” – jóvenes que ni estudian ni trabajan -, una incipiente, pero volcánica guerra territorial en las villas que está librando a balacera suelta el narcotráfico, una violencia vandálica y delictiva creciente, una corrupción galopante, una amenazante inflación que habla a las claras sobre agudos desequilibrios macroeconómico-sociales y, por sobre todo, una ineficacia de gestión alarmante. Ésta última es notable en los transportes, especialmente el ferrourbano. Cuantiosísimos subsidios que fueron a parar a la codicia corrupta de muchos delincuentes de guante blanco, simultáneamente con los peores ferrocarriles del planeta, casi sin exagerar.
La Argentina saldrá airosa con buena política. Construirla requiere participación cívico-ciudadana – valga el adrede pleonasmo – y varias C: compromiso, confianza, credibilidad, convicción, cohesión y concertación. Unión, en un solo vocablo.
A la buena política no la trae la cigüeña y tampoco llueve. No viene de arriba, sino que se la labora abajo. No es un milagro, salvo el ‘milagro’ del trabajo que es menester para construirla. Los dirigentes que soñamos tener y disfrutar son los que engendramos nosotros, con nuestra participación y acción. Empero, si tomamos parte y actuamos partiendo de la falacia de que no queremos ‘hacer política’, el resultado es inexorable: la mala y vieja política seguirá en el trono. Que no nos representa y menos satisface, ¡claro que es así! Pero si la queremos representativa y satisfactoria, tenemos que construirla, arremangándonos. No viene por generación espontánea.
Por ahora, el escenario político-social tiene algo mucho peor que el pésimo gobierno nacional actual. Es la falta de una alternativa sólida y, obviamente, confiable. Si lo podemos decir es porque lo hemos pensando. Ya se sabe, a un buen pensamiento le corresponde una buena acción. Es tiempo para ponerse resueltamente manos a la obra.
*Diputado nacional por el partido UNIR-Provincia de Buenos Aires
www.pnc-unir.org.ar
www.unirargentina.com.ar
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